Desaparece definitivamente el Burdel de Madame Petit

Cuando empezamos las rutas, el edificio que había albergado el Burdel de Madame Petit era de los pocos que quedaba en pie. Pero ayer, al pasar por allí mientras preparábamos una de nuestras rutas, descubrimos que están demoliendo el edificio.

¡Larga vida al Madame Petit! Y recordad que Jean Genet, que en los años 30 se prpstituyó en este burdel por amor a Stilitano, se inspiró en él para crear el prostíbulo de Mdme. Lisiane en su novela Querelle de Brest. Así que, ¡siempre nos quedará Genet!

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El Paral·lel: 1921 y 2017

He aquí dos imágenes del Paral·lel y sus tres chimeneas a través de tiempo. Porque todo cambia… Clica sobre la foto y juega con ella arrastrando las dos mitades hasta completar cada una de las imágenes.

 

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Día de las Escritoras: algunas pioneras de la literatura lesbiana

Como hoy es el Día de las Escritoras, nada mejor que dar un paseo por las estanterías de las pioneras de la literatura lésbica, que haberlas, haylas.

Prácticamente hasta el siglo XX no hay escritura de mujeres. La tradición literaria lesbiana de autoría femenina es prácticamente invisible. Sin duda, decidirse a realizar esta arqueología literaria es un trabajo por hacer que, en la tradición anglosajona, por poner un ejemplo, ha dado sus frutos.

Anne Lister de Halifax.

La preparación y edición de antologías de literatura lesbiana, como The literature of lesbianism: a historical anthology from Ariosto to Stonewall, ha permitido  descubrir y redescubrir a escritoras desconocidas hasta ese momento. Terry Castle, editor de esta obra antológica, escribe en su introducción: «Hemos descubierto una escuela de poetas de los siglos XVII y XVIII que se inspiraron en el tema de amistad romántica entre mujeres: los panegíricos de amor de Katherine Philips (1632-1664), Anne Killegrew (1660-1685), Anne Finch (1661-1720) y Anna Seward (1742-1809). (…) y a Anne Lister (1791-1840), cuyos voluminosos y codificados diarios, descifrados en 1980, son una revelación de cómo era la vida real de las lesbia nas en el mismo mundo provinciano de la Inglaterra de la Regencia descrito en las obras de Jane Austen»

Tenemos que esperar hasta llegar al XX, para que mujeres como Gertrude Stein, Virginia Woolf, Radclyffe Hall, Djuna Barnes, Renée Vivien y Natalie Clifford Barney, creen las bases de una nueva tradición literaria lesbiana que, en algunos casos se alejan del discurso oficial de la época, marcado por la emergente disciplina de la sexología y por las teorías de Havelock Ellis, para escribir desde la libertad de género más absoluta.

Carmen de Burgos.

Así es como, en medio del desierto, apareció París, un auténtico oasis, una fortaleza lesbiana que desafió convenciones morales, prejuicios sociales y también las normas de género establecidas e imperantes. Todas lo sabemos. París era una mujer, pero, ¿qué ocurría mientras tanto en España?

Pues que teníamos a autoras como Carmen de Burgos, Ana María Martínez Sagi y Elisabeth Mulder. Todas ellas están muy mediatizadas por las teorías sexológicas de la época. Me refiero a las teorías de investigadores como Gregorio Marañón, que aseguraba que la superioridad del hombre era «obvia porque su glándula genital se distingue de la mujer por ser “musculosa y fuerte” », y a la de otro ilustre médico antifeminista de la época, Novoa Santos, que no dudaba al afirmar que «hay algo ‘monstruoso’ en la mujer excepcional».  Estas teorías quedan claramente reflejadas en la obras de estas autoras, especialmente en el caso de Quiero vivir mi vida, de Carmen de Burgos, cuya protagonista, Isabel, es una mujer enferma de “intersexualidad” y con una clara inclinación al lesbianismo. A Isabel no le había gustado nunca coser, jugar con muñecas ni ningún entretenimiento casero pero sin embargo era experta en las artes de la caza y de la pesca. Estas preferencias habrían sido de poca importancia si no hubieran ido acompañadas de una cierta repugnancia hacia todo lo que había de femenino en ella: la pérdida de la virginidad le produce un miedo como si hubiera perdido toda su hermosura y en las conversaciones de mujeres se siente perdida y siempre identiicada con el elemento masculino:

-Es que cuando hablan las mujeres de sus cosas no las entiendo realmente, y en cambio reconozco mis sentimientos en los sentimientos de ustedes».

-Y en esa dualidad, ¿qué querría usted ser?

-Preferiría no ser… o ser hombre».

Victorina Durán

De esa época también hay que recuperar a Victorina Durán, una de las fundadoras del famoso Lyceum Femenino de Madrid, que nunca ocultó sus preferencias y que escribió dos obras basadas en sus experiencias lésbicas,  Sucedió y Así es. Victorina tituló Así es, obra de ficción en la que documenta algunas aventuras lésbicas con aquellas mujeres que la hicieron vibrar y marcaron su vida de adulta.

Y dos pioneras más serían Carmen Kurtz, que en 1955 escribió Duermen bajo las aguas, en la que la autora se refiere a las monjas de un internado que afirman que no les gustan las “amistades estrechas entre chicas, pues a causa de ellas han tenido ciertos problemas”, y  Lucía Sánchez Saornil, vinculada al movimiento ultraísta. Como explicaba Angie Simonis en su blog: «(Lucía) Fue también pionera de una cierta exhibición del deseo homosexual femenino en poesía, pero usó para hacerlo un pseudónimo masculino, Luciano de San-Saor.

Ana María Moix.

La entrada en la década de los 70 nos trajo una nueva estrella en esta galaxia de pioneras lesbianas  que estamos retratando: la poeta y también novelista Ana María Moix. Sus novelas y especialmente Julia y Walter, ¿por qué te fuiste? pueden ser consideradas como el primer indicio de cómo empieza a cambiar el modelo de lesbiana en la literatura. Si hasta hacía una década la lesbiana pertenecía a grupos marginales o bien estaba limitada al entorno de las escuelas e internados, de repente, en los 70, la lesbiana se deshace de esa imagen y entra a formar parte de una clase media, burguesa y urbana.  Y de los 70 a la actualidad, eso, amigas y amigos, es otra historia.

 

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Escamillo, una leyenda del Paralelo

En realidad se llamaba José Pons Ortiz, estuvo vinculado siempre a El Molino y la modestia no era su mayor virtud: «Yo soy el rey del Paralelo, eso lo puedes decir porque es cierto, todos los que dicen que lo son, son mis lacayos. Yo fui el primero y todos me han imitado».

Escamillo se inició como artista a los 17 años haciendo café-teatro y cantando zarzuela, pero pronto descubrió que hacer espectáculos para gays le podía aportar más beneficios. Aunque estuvo a punto de casarse, gustaba por igual a hombres que a mujeres, como él mismo explicaba: «Gusto tanto a los hombres como a las mujeres, a mí me gustan los dos, así hay más campo, siempre tienes a alguien con quien pasar un buen rato».

La mítica dueña de El Molino, doña Fernanda, recordaba en sus memorias que pagaba casi más multas por los comentarios en lengua catalana de Escamillo que por los recatados «stripteases» de sus vedettes.

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Derkas, uno de los más celebrados transformistas de Barcelona

Leemos en el libro «La Barcelona erótica» una detallada descripción del ritual que seguían los transformistas de las primeras décadas del siglo XX, que ilustra perfectamente la esencia de la transformación, el instante en que cambia su aspecto para conquistar una identidad deseada y anhelada desde el principio de los tiempos: «El invertido que actúa como mujer, a la caída de la tarde, empieza su estudiada toilette, que consiste en pintarse el rostro sabiamente maquillado, peinarse a la perfección, plancharse un sugestivo déshabillé y colocarse unas flores en el pelo. Algunos se visten completamente de mujer, pero la mayoría usan pantalón masculino, de corte ceñido por las nalgas y holgado por la pernera, lo cual le da un aspecto si no de prenda femenina cuando menos afeminadísimo. Los refugios preferidos de esas personas eran cabarets como La Criolla y Sagristà, donde se ofrecían espectáculos de transformistas que imitaban a las estrellas de moda».

En Barcelona el transformismo gozó de muy buena salud durante la Segunda República y hasta el año 1933, cuando el gobierno conservador de ese momento comenzó a verlo como una manifestación inmoral y decidió prohibirlo. El auge de esta disciplina hay que agradecérselo a Leopoldo Frégoli, el italiano que la convirtió en un arte.

Pero aparte de este genial imitador de estrellas, otro de los más famosos transformistas de la ciudad fue Derkas, que se llamaba Manuel Izquierdo, nació en Manila en 1889 y era hijo del procurador fiscal de la Audiencia de Cebú (Filipinas).
Derkas actuaba como barítono y llegó al transformismo por casualidad, cuando tuvo que sustituir a la primera tiple del espectáculo «Bohemios» y tuvo un éxito increíble.

Debutó en el Apolo en 1915, anunciándose como «Los Derkas, duetistas franco-italo-españoles», ya que es probable que actuara con su hermano, Rafael, que también era artista, aunque éste último pronto optó por la pintura más que por el espectáculo.

En 1923, Manuel empezó su carrera en solitario y, desde entonces, el éxito le acompañó gracias a sus imitaciones de las estrellas de la época, como Pastora Imperio o La Bella Chelito.

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